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Historias
Javier y el oso
Un día, mientras el viento mecía las cortinas suavemente y se veía al sol brillar a través de la pequeña ventana, Javier despertó de su siesta y oyó una voz extraña. Era gruñona como la del abuelo. Javier buscó con la mirada alrededor de la habitación. De nuevo el gruñido, bastante cerca esta vez. Era el nuevo osito de peluche de Javier. Estaba sentado a los pies de la cama pintada de rojo de Javier, y parecía contento.
Javier quería coger al osito pero este le gruñó: “¡Eh! ¿Qué haces?”, el osito de peluche miró atentamente al niño. Javier le devolvió la mirada con los ojos muy abiertos. Nunca antes había conocido a un osito de peluche que hablase. No se atrevía a emitir ningún sonido. El osito continuó: “Hum, bien, tienes un sitio bonito. Déjame ver…” El oso miró alrededor de toda la habitación. “¿Es esta tu cueva de oso?”, preguntó.
Javier asintió.
“Oh, el suelo también tiene piel”, exclamó el oso mirando la alfombra.
“Y hay una bonita foto en la pared”, sonrió y señaló con una zarpa la foto de Javier vestido con su body de color miel con la cara de un osito de peluche en su parte delantera. “Eh, todavía necesito un nombre”, dijo de pronto el oso.
La abuela de Javier se lo había dado esa misma mañana.
“Robi sería un buen nombre”, explicó el oso y Javier asintió. “¿Qué es esto?”, preguntó el oso saltando desde la cama hasta el cambiador. Al hacerlo, tiró el intercomunicador. Se rompió al caer al suelo. Javier estaba sorprendido y empezó a llorar. A la velocidad del rayo, el oso volvió a su lugar, justo antes de que la madre de Javier abriera la puerta. “Javier”, dijo ella suavemente. “Todo está bien. Estoy aquí”. Le cogió entre sus brazos y acarició su pelo. Javier dejó de llorar. Una lágrima se deslizó lentamente por su rostro. “Tu nuevo amigo cuidará de ti”, dijo su madre y puso al osito de peluche en los brazos de su hijo.
Javier tomó al oso en sus brazos y le miró atentamente. El osito no se movió y se quedó quieto – Javier, también. “Robi”, dijo Javier queriendo decir “mi amigo.”
Sólo mirando muy atentamente se podía distinguir la sonrisa en la cara del osito. Javier la vio y abrazó al oso fuertemente. Desde este momento los dos se hicieron inseparables.